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Bordar caminos para narrar la identidad colectiva

El manto azul (2024), obra en la exposición «Caminos Bordados» del Colectivo Primas Hermanas. Texto: María Pérez Fernández


El icono del artista ha estado tradicionalmente ligado a lo individual. Si pensamos en cómo ejerce su creación artística, nos imaginaremos un acto privado de catarsis donde solo una mente y un cuerpo se encuentran con el soporte y algunos instrumentos. Visualizamos la confluencia de diferentes elementos en el desenvolvimiento de dicha práctica, pero nos cuesta figurarnos la unión de distintas personas, sobre todo si son más de dos, a la hora de generar algo novedoso.


Quizá sea el momento de ir rompiendo con ciertos convencionalismos que tenemos interiorizados en nuestra concepción del desarrollo histórico. La historia del arte – y la historia en sí misma – no se construye por una suma mecánica de personajes relevantes, de “grandes nombres”, sino por complejos vínculos entre las relaciones que configuran el modelo de sociedad de una determinada época, las cuales se ven reflejadas en las diferentes imágenes que se crean en su transcurso. La obra no puede entenderse sin insertarse en su contexto, sin el lazo que lo une al territorio y el ambiente donde ha sido gestada. Esto implica, necesariamente, pensar en el arte como un asunto colectivo, pues su origen parte de la socialización como parte integrante de los seres humanos.


Un ejemplo de esa colectividad es el cruce de caminos entre Reme Remedios, Carnita Álvarez Valle y Cathy Álvarez Valle. En estos tiempos en los que la individualidad se ha tornado en norma, han acumulado su experiencia durante años para constituir el Colectivo Primas Hermanas. En él, tres “yo” se convierten en un “nosotras”, consiguiendo que la primera categoría se conserve mientras se construye una armonía en favor de la comunidad. De esta manera, las obras resultantes son un lugar común de interdependencia, de memoria compartida y de cohesión afectiva.


Reme, Carnita y Cathy se han ido definiendo como colectivo al conocerse, al descubrirse tras años y kilómetros de separación. La primera no tuvo contacto con el resto hasta 2022; sin embargo, sin tener una historia conscientemente compartida, las tres han enfocado su vida hacia la creación artística. Juntas han experimentado diferentes técnicas, otorgando una posición privilegiada al textil al ser este un excelente guardián del recuerdo. Así han restaurado una identidad común, un vínculo entre ellas tejido no solo por la historia familiar, sino por el diálogo con el arte. El cuerpo y el territorio vertebran el discurso de todas ellas tanto en su actividad individual como grupal, obteniendo un resultado superador y acorde a las corrientes actuales del arte contemporáneo.


Cabe destacar la particularidad del proceso creativo por la traba que supone la ausencia de presencialidad entre ellas. Sus relaciones han alcanzado el estadio de estructura operativa, pues desenvuelven su actividad desde la distancia, paquetería mediante, ya que la primera vive en El Bierzo y las dos últimas en Lieja, Bélgica. Consecuencia de ello son los materiales que manejan, pues el textil se transporta de manera más sencilla y segura para su conservación que cualquier tipo de cerámica o papel pigmentado. Cuando se ven en persona prefieren dejar que surjan las ideas, dejando la realización material al ámbito íntimo al repartirse las diferentes tareas dentro de cada obra.

Como decía, es en el arte textil donde han hallado un espacio común. Como indicó María Garberí a propósito de Hybrid Art Fair de 2024 – edición en la que Primas Hermanas participaron con su obra El manto azul -, se ha producido un cambio de paradigma en cuanto a las artes textiles a raíz de que multitud de artistas están recuperando y dándole un nuevo significado a las técnicas tradicionales adecuándose a los preceptos del arte que está de actualidad. Esta forma de expresión había sido considerada como un trabajo femenino a desarrollar en el ámbito de las labores domésticas, ocultando a la sociedad esta disciplina que se ha ido transmitiendo de generación en generación y reforzando los estereotipos negativos arraigados sobre la creatividad femenina. En esta línea, Reme, Carnita y Cathy utilizan el soporte textil como elemento discursivo, pues a través de él perdura la presencia de las mujeres precedentes.

De esta colaboración se desprenden principalmente tres piezas clave. La primera, que además da título a la exposición, es El camino bordado (2023). Refleja las rutas emocionales de cada una cuando se reunieron en Casaio, Galicia, siendo la piedra fundacional de este proyecto. Recorrieron las distintas sendas entre Romiña y Caseisuso, barrios pertenecientes a la citada aldea, pues ambos guardan las raíces de sus padres y sus abuelos. La huella de dicha experiencia es un bordado sobre varios tules, en el cual las tres mujeres se superponen de forma simbólica. La transparencia del material sostenida por hilos invisibles hace que transite hacia el campo expandido, como diría Rosalind Krauss, ofreciéndonos una obra interactiva al moverse sinuosamente tras nuestro paso ante ella.


El manto azul (2024) es quizá la obra que mejor reúne sus almas. Es un mapa emocional ensamblado por la historia compartida. Se trata de una cianotipia sobre tela de lino conformada por diferentes piezas cosidas entre sí. Este registro de luz de sus lugares comunes ha conformado un objeto de memoria gracias a un proceso de indagación de su historia familiar y emocional.


En Mujeres sagradas (2025) vemos reflejado su recorrido habitual para crear: una de ellas, en este caso Carnita, empieza bordando la tela. La empaqueta y se la hace llegar a Reme. Ella hace el retrato de las tres mujeres en base a sus cicatrices conjuntas. Tras ello, devuelve el paquete a Bélgica, donde Cathy remata la obra al colocar sus características medallas de protección. Las une con un hilo de oro para reforzar el vínculo entre ellas. Esta última obra computa una evolución en la trayectoria de Primas Hermanas, pues han completado una misma pieza en vez de sumar sus lenguajes de una forma algo heterogénea. El significado se ha ido conformando al tiempo que cada una iba interviniendo, al igual que ha ocurrido con la relación existente entre las tres.


Estas obras colectivas se muestran en esta exposición en Ármaga – disponible hasta el 28 de marzo de 2026 – junto a algunas de las piezas de factura individual que mejor representan actualmente a cada una de ellas: de Reme Remedios, su nueva serie Semillas de luna menguante; de Carnita, la serie de bordados que lleva Protección como título. Y por último, Cathy, con dos series: los bordados en Anatomía florecida y las fotografías antiguas intervenidas en Lo que el tiempo deja bordado.


Caminos bordados convierte el espacio de la galería en un mapa sensible donde el afecto y el tiempo se entrelazan, invitando al espectador a recorrer una geografía poética en la que cada gesto sostiene la memoria de quienes fueron y de quienes siguen estando.

Por María Pérez Fernández

Historiadora del Arte

maria.perez@armaga.com

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