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La anatomía de un caballo

Los árboles encontraron, de manera natural, una forma de llevar una gran cantidad de materia hasta la tierra sin que esa materia pareciera pesar sobre ella. Lo hicieron de una manera hermosa para la vida y para el paisaje. Hay en ello una lección para el escultor: encontrar el centro de gravedad de una obra y unirlo con la tierra por el camino más breve.

Pero ¿qué ocurre cuando aquello que queremos representar está en movimiento?

También aquí la naturaleza ofrece una respuesta. Las posibilidades son infinitas y, para quien trabaja con las manos, están a la vista. En mi caso, la mirada se ha detenido en el caballo.

Un caballo que corre puede apoyarse en tres patas, en dos, en una o, durante un instante, en ninguna. El tiempo que permanece suspendido depende de la coordinación de sus músculos, de ese complejo acuerdo entre fuerza, equilibrio y movimiento. Entonces ocurre algo extraño: una masa considerable deja de parecer pesada. Por un momento, queda suspendida.

Algo semejante sucede con los árboles. También ellos son grandes masas que, sin embargo, parecen encontrar una manera de no pesar sobre el mundo. Si los miramos el tiempo suficiente, aparecen en ellos las mismas leyes silenciosas de la armonía: una rama, una curva, una tensión, un vacío. Cambia la forma, pero no la necesidad de encontrar un equilibrio.

Hace años que intento hacer un caballo que me guste. Cada escultura es, en cierto modo, la continuación de un deseo que todavía no ha encontrado su forma definitiva. Para conseguirlo he tenido que alterar su anatomía, desplazar su centro de gravedad y llevar el cuerpo hasta lugares que quizá un caballo real nunca ocuparía.

Y, sin embargo, vuelvo a los árboles.

A aquellos árboles que no tuvieron reparo en abandonar la verticalidad. Que retorcieron su tronco, que se inclinaron y buscaron otra dirección porque la luz estaba allí.

Quizá el movimiento de un caballo y el crecimiento de un árbol no sean cosas tan distintas. Ambos son maneras de encontrar un lugar en el mundo. Uno lo hace corriendo, el otro creciendo. Pero los dos obedecen, al final, a una misma necesidad: sostenerse mientras avanzan hacia aquello que buscan.

Amancio González

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