Ocho artistas, ocho miradas que convergen en el terreno común de la abstracción.
Dialogo libre entre lenguajes, técnicas y sensibilidades.
Espacio de expresión, búsqueda y resonancia compartida.
Comisariado: María Pérez Fernández
Ocho artistas, ocho miradas que convergen en el terreno común de la abstracción.
Dialogo libre entre lenguajes, técnicas y sensibilidades.
Espacio de expresión, búsqueda y resonancia compartida.
Comisariado: María Pérez Fernández
Fotógrafo profesional, el astorgano Amando Casado desarrolla su labor en los campos de la publicidad, editorial, arquitectura, arte, retrato, industria, gastronomía… Como profesor ha impartido numerosos cursos de fotografía.
Desarrolla paralelamente una intensa y continua labor creativa y de exploración en las vanguardias, como también de investigación y puesta en valor de la obra de fotógrafos desconocidos (Bernardo Alonso Villarejo, Vicente Nieto Canedo…).
Como artista, es un fotógrafo de alguna manera “abstracto” (algo bastante raro en fotografía), que trabaja sobre lo que la luz genera (escribe) cuando se registra su huella. “Se puede fotografiar a través de los demás sentidos, no solo de la vista”, ha dicho en alguna ocasión.
La leonesa Begoña Pérez, una artista multidisciplinar que se mueve con soltura tanto en la pintura como en la escultura o en el ámbito de la instalación.
Daniel Verbis (León, 1968) estudia Bellas Artes en la Universidad de Salamanca a finales de los años ochenta. A lo largo de su carrera profesional, Verbis, que nunca ha dejado de experimentar y renovar su lenguaje plástico, ha conseguido producir una obra híbrida que ha podido verse en múltiples galerías, ferias y centros de arte como el MUSAC de León, el CAB de Burgos, en la Sala Amós Salvador en Logroño o en el Drawing Center de New York.
Esteban Tranche Fernández (Armunia, León, 1944) realizó sus estudios artísticos en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona y en la Academia de Venecia. Desde que finalizó su formación hasta la actualidad, su obra ha tenido una evolución muy coherente. Han sido muchas las influencias recibidas en su largo transcurrir, pero intentar encontrarlas en su pintura supondría una ardua y quizás infructuosa tarea. La suya es una obra tan personal que todo lo que haya aprendido en el camino ha sido tamizado por su peculiar manera de representar las formas y colores.
Javier Victorero es uno de esos artistas para los que la pintura aún conserva la capacidad de hacer posibles experiencias y emociones muy profundas. Entiende la pintura en función de valores espirituales y, por esa razón, mantiene con ella un verdadero compromiso estético y ético. Y me permito añadir que la pérdida de esos valores y la ausencia de ese compromiso que últimamente se vienen produciendo son en buena parte responsables de la menor capacidad creativa y de comunicación con el aficionado al arte que tanto perjudica a la pintura moderna.
Pablo Maojo (San Pedro de Ambás, Villaviciosa, 1961) es uno de los grandes de la escultura asturiana. Transita por un camino artístico muy personal. Sus piezas, siempre con la madera como material, son inconfundibles, rubricadas con cortes, incisiones y colores básicos (azul, negro, rojo...) que solo pueden definirse como “maojianos”.
La de Isidoro no es la obra de un aventado. Más parece que se trata de una evolución pausada que conoce la obsesión de la melancolía. Creo que es posible hablar de su obra como una de tiempos lentos, en la que, como ocurre en las composiciones de los grupos a los que se ha referido en múltiples ocasiones en sus títulos, desde un desarrollo repetitivo de temas cadenciosos se culmina en un desbordante torbellino inducido por el propio sacrificio emocional al que se aferra