Eduardo Arroyo es un personaje excesivo. Es excesivo pintando o haciendo esculturas, es excesivo en su vitalidad y en su poderío físico, en su humor y en su cordialidad. Y en sus pasiones. Es un personaje muy políticamente incorrecto, porque tiene una tendencia insoslayable a no callarse y, a diferencia de la mayor parte de los artistas plásticos, es muy capaz de expresar oralmente lo que manifiesta en su arte y, seguramente, mucho más: lo que piensa de una realidad que le apasiona. Pasión por vivir, repugnancias apasionadas y pasionales afectos y rechazos que abarcan no sólo el mundo del arte y las encarnizadas batallas estéticas y éticas en que participa, sino la vida política, la memoria, la realidad misma. – Rosa Pereda
Es uno de los artistas españoles con más repercusión internacional y un moderno avan-la-lettre que siempre esgrimió un concepto del arte lo suficientemente amplio como para alumbrar a otros. Nacido en Madrid el 26 de febrero de 1937, este apátrida cosmopolita, siempre irreverente con la asfixia que provoca toda norma, participó, allá por 1960, en el Salon de la Jeune Peinture parisino, para enseguida convertirse en uno de los máximos representantes del neofiguración. Exiliado durante el franquismo, recupera el pasaporte español con el advenimiento de la democracia y empieza a exponer en nuestro país al tiempo que se organizan retrospectivas suyas en el Guggenheim de Nueva York y en el Georges Pompidou de París. En 1982 es galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura y, al año siguiente, el gobierno francés le concede el título de Caballero de las Artes y las Letras. Además de pintor y escultor, es un prolífico escritor que acabó los estudios de Periodismo en Madrid en 1957. Gran aficionado a los toros y el boxeo, destacan entre su producción el libro titulado Panamá Al Brown, biografía del legendario campeón pugilístico, amante e inspirador Jean Cocteau, y la pieza de teatro Batman, estrenada en Múnich en 1986. Sobre su relación entre la pintura y la literatura ha dicho: «Yo soy sin duda un escritor truncado que ha pintado varias novelas y algunos relatos. Este afán literario me ha llevado a bañar en aceite de linaza una serie de historias y de cosas. Este deseo, esta aspiración narrativa, que define mi trabajo, empieza siempre con un título… Mi pintura ha tratado de dar títulos a la realidad, pues he creído siempre en la fuerza de la imagen.»

