Eduardo Arroyo (Madrid, 1937 – 2018) se empapó del idioma del país vecino desde niño en el Liceo Francés de Madrid. Pasó su infancia entre la capital española y Robles de Laciana (León), donde tenía una casa su familia. Dibujaba de manera compulsiva, lo dibujaba todo; si bien siempre quiso ser escritor. Empezó a interesarse por la literatura norteamericana, autores que habían viajado y habían comenzado su carrera como periodistas.
Por ello, se licenció en Periodismo en 1958. Ese mismo año se fue a París. Nunca se identificó con la etiqueta de “exiliado”, pues él decía ser opuesto a todo lo dictatorial: más que por persecución del régimen franquista, se fue por aburrimiento de este. Allí quería tomar aire y convertirse en escritor. Comenzó a compaginarlo con la pintura, intentando equilibrar ambas disciplinas, que inevitablemente se entrelazaron durante toda su carrera. París le hizo involucrarse políticamente, mucho más de lo que lo hizo en España. Es entonces cuando se integra en un grupo de pintores que expone de forma habitual en el Salón de la Joven Pintura. Admira a artistas como Giorgio de Chirico, Francis Picabia o Max Ernst. Sin formación académica en pintura, se aleja de la hegemonía de la abstracción en la década de los 60, la experimentación duchampiana y las vanguardias de principios del siglo XX. Basa su composición en colores planos y contornos contundentes. Participó en lo que luego se conocería como “Figuración narrativa”. Por lo tanto, no tiene mucho que ver con el Pop Art, pues hace más bien Neofiguración que incluye literatura y política, trazando una particular historia subjetiva de España vista desde el exilio.Recupera su pasaporte español en 1977, tras haber estado en Berlín reinterpretando La ronda de noche de Rembrandt, haciendo escenografías para diversas muestras teatrales y en la Bienal de Venecia de 1976. Sin embargo, se instaló de nuevo en París otros cinco años más, pues realmente no sería un retorno verdadero hasta que pintase su primer cuadro en España. En 1982 presentó una exposición en el Centro Pompidou donde admitió que su postura política y artística sumamente crítica se estaba difuminando. Por fin vuelve, entonces, a Madrid, además de recuperar su casa familiar como taller y hogar en Robles de Laciana.Arroyo dice “haberse perdido la Transición”, por lo que a su regreso, se integró plenamente en la vida cultural del país, al tiempo que mantenía su presencia en bienales, museos y galerías de toda Europa. Su obra abarcó pintura, escultura, escenografía y obra gráfica, siempre atravesadas por referencias literarias, históricas, irónicas y del boxeo que enriquecieron su mundo iconográfico. Hoy en día, su trabajo forma parte de las principales colecciones públicas y privadas internacionales.La obra de Eduardo Arroyo sigue interpelando al presente con una lucidez extraordinaria. Su obra habla de identidad y de memoria desde un ingenio visual que lo hace único. Con el paso de los años, se ha convertido en una de los referentes del arte contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI.






























































